El chico de la tienda de abarrotes

– Rio dejé todo listo, recuerda acomodar la nevera de las bebidas antes de irte y puedes llevarte los productos que queden y que nadie compre hoy-

– Muchas gracias Sra. Hana, nos vemos en la mañana –

Luego de que la dueña de la tienda de abarrotes saliera del local, Rio se puso uno de sus audífonos y dejó que la lista de reproducción lo acompañara en sus labores de trabajo. Reponer la nevera, acomodar los estantes, atender la caja, era algo que hacía repetitivamente de lunes a sábado. No ganaba lo suficiente, pero al menos podía cubrir sus gastos y, además, la tienda quedaba al frente de su universidad por lo que no tenía que gastar en pasaje y la dueña del local, la Sra. Hana, una mujer de mediana edad que había perdido a su esposo recientemente y vivía sola en un apartamento arriba de la tienda, dejaba que se llevara la comida que sobraba en las noches y que nadie compraba.

No era un trabajo soñado, pero al menos no gastaba tanto en comida, ni en pasaje y podía llegar rápido luego de clases. Rio estudiaba ingeniería en computación en la Universidad de San Myshuno, era el mejor estudiante de su carrera, y uno de los más populares, pero a él eso realmente no le importaba, lo único que quería era poder conseguir un buen trabajo y traerse a su mamá a la gran ciudad y comprarle la casa que siempre había querido.

Su vida se había convertido en una rutina, a veces se sentía ahogado de hacer lo mismo una y otra vez, y en algunas ocasiones se vio tentado a aceptar una de las tantas citas que muchas de las chicas que visitaban la tienda le proponían, pero que se negaba por falta de tiempo, dinero o ganas. Sentía que nada interesante pasaba en su vida, vivía para intentar vivir. Sabía que en algún momento eso podría traerle grandes problemas en su vida, pero siempre desechaba rápidamente ese pensamiento porque “no hay tiempo para sentir lástima” era algo que solía repetirse constantemente cuando sentía que su vida se estaba desmoronando.

– Tal vez podría ir a ver una película, o ir al parque de diversiones, o ir a tomar una cerveza con los de mi clase, aunque tal vez ya no quieran que vaya, siempre les digo que no- Pensaba mientras leía el periódico un día particularmente lluvioso, pero ese pensamiento fue interrumpido por una cliente; sin prestar mucha atención comenzó a escanear los productos.

– Son 10 simoleones – dijo y al levantar la mirada para mirar a la cliente quedó por un instante sorprendido, una chica pelirroja estaba al frente del mostrador, pero estaba llorando mientras leía algo en su teléfono, sorprendido le preguntó si estaba bien, pero esta lo ignoró por completo mientras seguía absorta en el móvil, así que volvió a preguntar para intentar que esta le respondiera.

– ¿Estás bien? – y dando resultado esta vez vio como la chica pelirroja levantó la mirada y posándose lentamente en los de él pudo ver sus ojos llenos de lágrimas.

– ¿Disculpa? – respondió la chica como si no supiera que estaba llorando.

– Estás llorando ¿todo bien? ¿Necesitas ayuda? – fue lo único que se le ocurrió preguntarle, y vio como ella se pasaba la mano lentamente por su cara y tocando sus lágrimas se limpió rápidamente las mejillas, tomó su cambio y salió rápidamente de la tienda. Rio no tuvo tiempo de reaccionar, quiso seguirla, pero sólo vio como la chica pelirroja caminaba rápidamente en dirección a la universidad.

***

Habían pasado varios días desde que Rio vio a la chica pelirroja irse rápidamente de la tienda, no podía dejar de pensar en ella, no sabía si era porque pudo ver el dolor que ella sentía en ese momento, o porque jamás había visto una chica tan hermosa. Sabía que iba a la misma universidad que él, pero por más que escaneaba el área mientras caminaba por los pasillos, jardines o cafetería no la veía.

No fue sino hasta una semana después que volvió a verla, la vio pasar del otro lado de la acera, y por impulso salió de la tienda, quiso gritarle para llamar su atención, pero ¿qué le diría? Así que nuevamente dejó que se fuera, y mientras la veía entrar a la universidad deseó que ella estuviera bien y se prometió a sí mismo que si algún día esa chica volvía a entrar a la tienda mientras él estaba ahí le preguntaría cómo está, y tal vez su nombre, Rio quería saber el nombre de la chica de los ojos tristes.

***

Deva salió apurada de la casa de su jefe luego de escuchar lo que él le había dicho, caminó rápidamente para tomar el bus de regreso a casa y mientras iba de camino no podía dejar de pensar en Hiro, su forma de simpatizar con su dolor, el suave agarre de su mano contra su muñeca, todo parecía como un sueño borroso, pero un sueño doloroso. No quería sentirse débil, estaba cansada de sentirse así y sabía que tal vez estaba cruzando una línea a la que jamás iba a poder volver atrás.

Se acomodó en el asiento del bus intentando sacudir todos sus pensamientos y se dio cuenta que tenía hambre, pero ya era muy tarde, la cafetería estaría cerrada, tampoco tenía mucho dinero, así que decidió pasar por la tienda antes de llegar a casa, tal vez podría comprar un sándwich y algo más para el día siguiente.

Llegó a la tienda, escogió su cena y cuando estaba en la caja pagando sus pensamientos fueron interrumpidos rápidamente.

– ¿Cómo estás? – Deva levantó la mirada y vio que el cajero, un chico alto, con el cabello un poco desordenado, pero increíblemente guapo le estaba hablando, no sabía exactamente por qué, pero antes de seguir divagando, nuevamente le preguntó cómo estaba, pensó que debió haber hecho algún gesto porque enseguida el chico nuevamente le interrumpió el pensamiento

– Hace días entraste acá y estabas llorando, leías algo en tu teléfono mientras llorabas, te pregunté si estabas bien, pero no me dijiste nada, así que te pregunto ahora, ¿cómo estás? –

– Ehhh, ¿bien? – Deva no sabía qué decir pensó que debía ser una broma del destino, ahora dos personas quieren saber si ella está bien, y no sabía cómo responder

– ¿Segura? –  el dependiente de la tienda volvió a preguntar

– Sí, un poco cansada, eso es todo – no mentía, pero tampoco quería escupir todo lo que sentía a un completo desconocido – ¿cuánto es? – preguntó algo apurada

– 45 simoleones – dijo calmadamente el chico.

Deva se removió incómodamente porque no tenía el dinero, comenzó a buscar dentro de su cartera a ver si podía encontrar algunas monedas, pero sabía que tendría que devolver algo, le sonrió levemente, tomó las galletas y las manzanas y las apartó – ¿cuánto es sin esto? – preguntó.

El chico bajó la mirada, volvió a tomar todo, lo metió en una bolsa y le dijo – Yo invito – Deva se quedó sorprendida por lo que el dependiente de la tienda estaba haciendo y decidió rechazarlo – Gracias, pero no importa, dame nada más… – he interrumpiendo el rechazo, el chico de la tienda le dijo – No importa, en serio, yo invito, o si quieres me pagas luego, como quieras –

– Aún no voy a cobrar – dijo Deva con un poco de culpa

– No importa, entonces yo invito – y mientras le acercaba la bolsa a Deva, ella podía ver cómo le sonreía y sintiéndose apenada tomó la bolsa y sólo dijo gracias, se dio la media vuelta para salir de la tienda, pero como si fuese un impulso que no podía explicar se devolvió y casi gritando dijo – CAFÉ –

– ¿Café? – Preguntó el chico con incertidumbre

Y bajando nuevamente su tono de voz al darse cuenta de que había gritado le dijo – Sí, café, cuando me paguen me gustaría invitarte un café, para agradecerte, no tiene que ser café, puede ser un té, o un refresco, lo que quieras, de verdad –

El chico detrás del mostrador sonrió y asintiendo le dijo – está bien, un café –

– Perfecto, entonces pasaré por acá cuando cobre – dijo Deva con una leve sonrisa

– Me parece bien – dijo el chico sonriendo de vuelta – por cierto, ¿cómo te llamas? – preguntó el dependiente de la tienda

– Deva, mucho gusto ¿y tú? –

– Rio –

– Muchas gracias Rio, has salvado mi cena y mi desayuno, prometo venir a por ese café –

– Estaré esperando Deva, que pases buena noche –

– Igualmente – Deva salió de la tienda y por primera vez en mucho tiempo no sentía ganas de llorar, es más, sentía una gran alegría, Rio con su gran gentileza había sacudido la tristeza que ella sentía en menos de 10 minutos; mientras que ella caminaba hacia su casa, Rio la veía desde los ventanales de la tienda

– Deva… es un bonito nombre – pensaba – Ojalá se acuerde del café -.

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